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domingo, 26 de junio de 2005 |
Érase una vez, en una pequeña localidad llamada Hanay, en la provincia de Hesse, localizada en Alemania del Sur, que el cuatro de enero de 1785 nacía un niño y sus padres le llamaron Jacob. El destino quiso que un año después, el veinticuatro de febrero, su madre diera a luz otro varón llamado Wilhelm. Ambos niños crecieron felices junto a sus otros siete hermanos hasta que, un triste día, cuando el mayor acababa de cumplir once años, murió su padre, dejando a la familia en la mayor de las pobrezas.
La hermana de la madre, que era una dama de compañía de la corte de Hesse, viendo que la mujer no podía mantener a sus hijos, se llevó a la familia a la ciudad y animó a los niños para que empezaran a estudiar.
Y así fue que a los diecisiete años, Jacob ingresó en la Universidad de Marburgo, prontamente seguido por su hermano Wilhelm. Ambos se dedicaron de lleno a las leyes y a la literatura. Pero la familia era numerosa, eran tiempos difíciles y Jacob debió aceptar el cargo de empleado del Ministerio de Guerra.
Un día, en 1806, las fuerzas de Napoleón invadieron el territorio de Hesse-Kassel y Jacob, aun en desacuerdo con el nuevo régimen, fue designado entonces interventor del Consejo de Estado y superintendente de la biblioteca de Jerónimo Bonaparte, nombrado rey de Westfalia por su hermano.
Como reacción intelectual ante la ocupación extranjera, los dos hermanos se dedicaron al estudio del alemán antiguo, lo que les llevó a conocer a los maestros cantores, a profundizar en los viejos poemas germanos, descubriendo así los bellísimos cuentos por los que hoy se les conoce y que se dispusieron a documentar.
En 1812 apareció el primer volumen de Cuentos de niños y del hogar –del original Kinder und Hausmärchen-, que Jacob y Wilhelm Grimm habían ido recopilando a lo largo de cinco años usando como fuentes las narraciones populares y los temas de las fábulas germanas y extranjeras.
Estos cuentos fueron comentados desfavorablemente por la crítica. En Viena se los prohibió bajo el pretexto de que eran relatos supersticiosos. Sin embargo, el público opinó lo contrario y en pocos años fueron traducidos a casi todos los idiomas. En 1815 y 1822 aparecieron el segundo y tercer volumen, respectivamente.
La mayor parte de los ochenta y seis relatos que aparecen en el primer tomo eran originarios de la provincia de Hesse. Un porcentaje importante les fue narrado por Marie Mueller, la que fuera niñera de la amiga de la infancia y posterior esposa de Wilhelm, Dorothy Wild. Entre los habitantes del pueblo, Marie Mueller era conocida como “la vieja María” –“die alte Marie”–, y de su mano los Grimm visitaron la casita de chocolate junto a Hansel y Gretel, vieron a la bella durmiente caer inconsciente tras pincharse con una aguja y siguieron por el sendero más largo a la niña vestida con una caperuza roja del cuento de Perrault. El resto de los cuentos los obtuvieron de un sargento retirado, de los Hassenpflug, de Katherine Viehmann y de la familiar Haxthausen, quienes contribuyeron en recoger todas aquellas hermosas historias que abrirían el camino de una nueva era en la literatura infantil a la que se unirían posteriormente, entre otros, Andersen, Carroll y Barrie.
Y no queda más que decir, excepto, quizás, que vivieron felices y comieron perdices.
fuente:www.lomascurioso.com
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