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Con los tiempos que corren desde hace ya bastante, vale la pena mirar hacia atrás, hacia el pasado y ver como las personas actuaron conforme a sus creencias e ideales. La verdad es que no tiene nada que ver con lo que hay ahora en la clase política. Gente aferrada al poder al precio que sea, políticos corruptos, oposición lamentable, todos enfrentados entre sí en vez de aunar esfuerzos para superar las dificultades...
...Y estamos en manos de estos personajes. Que Dios nos
pille confesados..
Fotos de tiempos pasados | Emotivo discurso de dimisión de Adolfo Suárez
El 29 de enero de 1981 cerca de las ocho de la tarde el presidente
Suárez entonaba un emotivo discurso de dimisión de Gobierno y de su
partido retransmitido a toda la nación. Dejamos a continuación la transcripción del discurso, del cual
destacamos como lección para los políticos de ahora y del futuro el
texto en negrita...
“Hay momentos en la vida de todo hombre en los que se asume un especial sentido de la responsabilidad.
Yo creo haberla sabido asumir dignamente durante los casi cinco
años que he sido presidente del Gobierno. Hoy, sin embargo, la
responsabilidad que siento me parece infinitamente mayor.
Hoy tengo la responsabilidad de explicarles, desde la confianza y
la legitimidad con la que me invistieron como presidente
constitucional, las razones por las que presento, irrevocablemente, mi
dimisión como presidente del Gobierno y mi decisión de dejar la
presidencia de la Unión de Centro Democrático.
No es una decisión fácil. Pero hay encrucijadas tanto en nuestra
propia vida personal como en la historia de los pueblos en las que uno
debe preguntarse, serena y objetivamente, si presta un mejor servicio a
la colectividad permaneciendo en su puesto o renunciando a él.
He llegado al convencimiento de que hoy, y, en las actuales
cirscunstancias, mi marcha es más beneficiosa para España que mi
permanencia en la Presidencia.
Me voy, pues, sin que nadie me lo haya pedido, desoyendo la
petición y las presiones con las que se me ha instado a permanecer en
mi puesto, con el convencimiento de que este comportamiento, por poco
comprensible que pueda parecer a primera vista, es el que creo que mi
patria me exige en este momento.
No me voy por cansancio. No me voy porque haya sufrido un revés
superior a mi capacidad de encaje. No me voy por temor al futuro. Me
voy porque ya las palabras parecen no ser suficientes y es preciso
demostrar con hechos lo que somos y lo que queremos.
Nada más lejos de la realidad que la imagen que se ha querido dar
de mí con la de una persona aferrada al cargo. Todo político ha de
tener vocación de poder, voluntad de continuidad y de permanencia en el
marco de unos principios.
Pero un político que además pretenda servir al Estado debe
saber en qué momento el precio que el pueblo ha de pagar por su
permanencia y su continuidad es superior al precio que siempre implica
el cambio de la persona que encarna las mayores responsabilidades
ejecutivas de la vida política de la nación.
Yo creo saberlo, tengo el convencimiento, de que esta es la
situación en la que nos hallamos y, por eso, mi decisión es tan firme
como meditada.
He sufrido un importante desgaste durante mis casi cinco años de
presidente. Ninguna otra persona, a lo largo de los últimos 150 años,
ha permanecido tanto tiempo gobernando democráticamente en España.
Mi desgaste personal ha permitido articular un sistema de
libertades, un nuevo modelo de convivencia social y un nuevo modelo de
Estado. Creo, por tanto, que ha merecido la pena. Pero, como
frecuentemente ocurre en la historia, la continuidad de una obra exige
un cambio de personas y yo no quiero que el sistema democrático de
convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la historia de España.
Trato de que mi decisión sea un acto de estricta lealtad.
De lealtad hacia España, cuya vida libre ha de ser el
fundamento irrenunciable para superar una historia repleta de traumas y
de frustaciones; de lealtad hacia la idea de un centro político que se
estructure en forma de partido interclasista, reformista y progresista,
y que tiene comprometido su esfuerzo en una tarea de erradicación de
tantas injusticias como todavía perviven en nuestro país; de lealtad a
la Corona, a cuya causa he dedicado todos mis esfuerzos, por entender
que sólo en torno a ella es posible la reconciliación de los españoles
y una patria de todos, y de lealtad, si me lo permiten, hacia mi propia
obra.
Pero este profundo sentimiento de lealtad exige hoy también que se
produzcan hechos que, como el que asumo, actúen de revulsivo moral que
ayude a restablecer la credibilidad en las personas y en las
instituciones.
Quizás los modos y maneras que a menudo se utilizan para juzgar a
las personas no sean los más adecuados para una convivencia serena. No
me he quejado en ningún momento de la crítica. Siempre la he aceptado
serenamente. Pero creo que tengo fuerza moral para pedir que, en el
futuro, no se recurra a la inútil descalificación global, a la
visceralidad o al ataque personal porque creo que se perjudica el
normal y estable funcionamiento de las instituciones democráticas. La
crítica pública y profunda de los actos de Gobierno es una necesidad,
por no decir una obligación, en un sistema democrático de Gobierno
basado en la opinión pública. Pero el ataque irracionalmente
sistemático, la permanente descalificación de las personas y de
cualquier solución con que se trata de enfocar los problemas del país,
no son un arma legítima porque, precisamente pueden desorientar a la
opinión pública en que se apoya el propio sistema democrático de
convivencia.
Querría transmitirles mi sentimiento de que sigue habiendo muchas
razones para conservar la fe, para mantenerse firmes y confiar en
nosotros los españoles. Lo digo con el ansia de quien quiere conservar
la fuerza necesaria para fortalecer en todos sus corazones la idea de
la unidad de España, la voluntad de fortalecer las instituciones
democráticas y la necesidad de prestar un mayor respeto a las personas
y la legitimidad de los poderes públicos.
Yo por mi parte, les prometo que como diputado y como
militante de mi partido seguiré entregado en cuerpo y alma a la defensa
y divulgación del compromiso ético y del rearme moral que necesita la
sociedad española.
Todos podemos servir a este objetivo desde nuestro trabajo y desde
la confianza de que, si todos queremos, nadie podrá apartarnos de las
metas que, como nación libre y desarrollada nos hemos trazado.
Se puede prescindir de una persona en concreto. Pero no podemos
prescindir del esfuerzo que todos juntos hemos de hacer para construir
una España de todos y para todos.
Por eso no me puedo permitir ninguna queja ni ningún gesto de
amargura. Tenemos que mantenernos en la esperanza, convencidos de que
las circunstancias seguirán siendo difíciles durante algún tiempo, pero
con la seguridad de que si no desfallecemos vamos a seguir adelante.
Algo muy importante tiene que cambiar en nuestras actitudes y
comportamientos. Y yo quiero contribuir, con mi renuncia, a que este
cambio sea realmente posible e inmediato.
Debemos hacer todo lo necesario para que se recobre la confianza,
para que se disipen los descontentos y los desencantos. Y para ello es
preciso convocar al país a un gran esfuerzo. Es necesario que el pueblo
español se agrupe en torno a las ideas básicas, a las instituciones y
las personas promovidas democráticamente a la dirección de los asuntos
públicos.
Los principales problemas de España tienen hoy el tratamiento
adecuado para darles solución. En UCD hay hombres capaces de continuar
la labor de Gobierno con eficacia, profesionalidad y sentido del Estado
y para afrontar este cambio con toda normalidad. Les pido que les
apoyen y que renueven en ellos su confianza para que cuenten con el
necesario margen de tiempo para poder culminar la labor emprendida.
Deseo para España, y para todos y cada uno de ustedes y de sus
familias, un futuro de paz y bienestar. Esta ha sido la única
justificación de mi gestión política y va a seguir siendo la razón
fundamental de mi vida. Les doy las gracias por su sacrificio, por su
colaboración y por las reiteradas pruebas de confianza que me han
otorgado.
Quise corresponder a ellas con entrega absoluta a mi trabajo y con
dedicación, abnegación y generosidad. Les prometo que donde quiera que
esté me mantendré identificado con sus aspiraciones. Que estaré siempre
a su lado y que trataré, en la medida de mis fuerzas, de mantenerme en
la misma línea y con el mismo espíritu de trabajo.
Muchas gracias a todos y por todo.
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